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El fascismo en el gobierno de Claudia Sheinbaum

Foto del escritor: LUIS ROCHA / Noticias
LUIS ROCHA / Noticias
13 ago
2 min de lectura
  • Claudia Sheinbaum quedó atrapada en sus propias palabras.




En 2021, cuando era jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum criticó a Claudio X. González por hablar de una lista de personajes ligados a Morena y la 4T.


Sheinbaum fue contundente: preguntó “¿quién hace listas?” y respondió que el macartismo y el nazismo eran quienes las hacían; además, calificó esa práctica como fascista.



Hoy, ya como presidenta de México, Sheinbaum queda bajo una contradicción política mayor: exhibe listas de políticos opositores, figuras y cuentas que critican a su gobierno.


La pregunta es inevitable:


¿Las listas eran fascismo cuando las hacía la oposición, pero son defensa de la verdad cuando las hace el gobierno?


Ese es el problema de fondo.


No se trata sólo de una lámina, una conferencia o una clasificación digital. Se trata del uso del poder público para señalar a quienes piensan distinto.


Y cuando el Estado usa sus espacios institucionales para marcar críticos, opositores o voces incómodas, la democracia enciende alertas.


Claudia Sheinbaum no puede condenar ayer lo que hoy normaliza desde el poder.


No puede invocar el fascismo cuando la lista viene de sus adversarios y justificar el señalamiento cuando la lista sale de su propio gobierno.


La contradicción es brutal.


Una lista hecha desde la oposición puede ser criticable.


Pero una lista difundida desde el poder tiene otro peso: detrás está el aparato del Estado, la Presidencia, los recursos públicos y la capacidad de estigmatizar.


Ahí ya no hablamos sólo de debate político.


Hablamos de intimidación simbólica.


Sheinbaum dijo en 2021 que hacer listas con amenazas implícitas era una característica del fascismo. La frase está grabada.


Entonces, bajo su propio criterio, su gobierno debe explicar por qué ahora se exhiben nombres, cuentas y perfiles críticos desde una narrativa oficial.


Porque el poder no está para hacer listas de adversarios.


Está para gobernar.


Está para rendir cuentas.


Está para responder con datos, no con señalamientos.


El fascismo no siempre llega con uniforme. A veces aparece disfrazado de conferencia, de lámina oficial, de “análisis de cuentas” o de supuesta defensa contra la crítica.


Y cuando un gobierno empieza a clasificar a sus críticos, el siguiente paso puede ser normalizar que todo disidente sea enemigo.


Esa es la línea peligrosa.


Claudia Sheinbaum puede tener mayoría, poder institucional y control político.


Pero eso no le da derecho a convertir la crítica en expediente público.


En democracia, la oposición incomoda.


Los periodistas incomodan.


Los ciudadanos críticos incomodan.


Y precisamente por eso deben estar protegidos, no exhibidos desde el gobierno.


La frase que hoy persigue a Sheinbaum es suya:


“¿Quién hace listas?”


La respuesta, ahora, parece estar frente a ella.

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