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Cuando la pluma pierde dignidad: caso Metepec

  • Foto del escritor: LUIS ROCHA / Noticias
    LUIS ROCHA / Noticias
  • 13 may
  • 2 min de lectura

Por Alonso Duarte Neri


  • Hay medios de comunicación que nacieron para informar, cuestionar al poder y servir a la sociedad. Pero también existen otros que, tristemente, han decidido convertir la tinta en instrumento de presión, el micrófono en chantaje y la línea editorial en moneda de cambio.




En el caso concreto de Metepec, algunos espacios han tomado una postura que parece buscar afectar a las mayorías, golpeando sin sustento a un municipio que ha crecido por encima de otros de la región, que conserva la distinción de ser uno de los más seguros y que mantiene desarrollo económico, confianza de inversionistas y estabilidad social, pese a los intentos de denostarlo con acusaciones cobardes y sin pruebas.


Como ocurre en muchas regiones del país, no faltan espacios informativos que, al no encontrar cabida en presupuestos públicos ni en círculos de influencia dentro de algunos ayuntamientos, reaccionan no con profesionalismo, sino con resentimiento. Entonces comienza el espectáculo más lamentable: el golpeteo sistemático, la descalificación diaria y la fabricación de enemigos.


No se trata de periodismo crítico. La crítica seria es necesaria, sana e indispensable en toda democracia. Lo que indigna es la simulación de periodismo cuando en realidad se persigue un interés económico o político. Porque cuando la nota depende del convenio, cuando el encabezado cambia según el cheque y cuando la verdad se acomoda al mejor postor, no estamos frente a un medio libre, sino ante un negocio disfrazado de información.


Es vergonzoso ver cómo la falta de valores lleva a algunos a transmitir odio desde la pluma. Se nota en el tono, en la insistencia obsesiva, en las acusaciones sin sustento y en la repetición de mentiras esperando que, por cansancio, alguien las crea. Cada ataque sin pruebas no debilita al señalado; debilita a quien lo publica.


Peor aún es cuando esas llamadas “casas editoras” terminan pactando con lo más oscuro y miserable de la política local. Se vuelven brazos de intereses mezquinos, operadores de amenazas y difusores de información falsa para presionar, intimidar o cobrar facturas personales. Han cambiado la credibilidad por conveniencia.


La ciudadanía ya no es ingenua. La gente distingue entre un reportero serio y un mercenario de la noticia. Sabe quién investiga y quién extorsiona; quién informa y quién manipula. Las audiencias observan, comparan y concluyen.


Quien usa un medio para venganzas personales o para obtener negocios perdidos no exhibe fuerza, exhibe fracaso. No demuestra poder, demuestra carencia. Y quien prostituye la palabra por interés económico termina perdiendo lo único valioso que un medio puede tener: la confianza.


Porque al final, la verdad resiste campañas, pero la mentira siempre termina desenmascarada.

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